domingo, 23 de marzo de 2014

Filosofía De La Cara

Alejandro Jodorowsky: Me permito suponer que ese desconocido 99% de nuestro universo, que los científicos dividen en materia oscura y energía oscura, es una entidad consciente. Más aún, para facilitar nuestro intercambio entre escritor y lector, también me permito pegarle a ese impensable misterio la etiqueta “Dios”. El 1% restante, la materia conocida, en la cual, junto con el hormiguero de galaxias, estamos incluidos nosotros, la bautizo como “obra divina” y la concibo como una pirámide que comienza en un infinito magma, (“nigredo” para los alquimistas), y que, de evolución en evolución, pasa de lo mineral a lo vegetal a lo animal para llegar a la cima de ese milagroso proceso: ¡el rostro humano!

Lo que en esta mínima isla racional nosotros llamamos conciencia es ignorancia extrema, densa tiniebla. La poca luz que por ahora está a nuestra disposición procede de la cara de nuestros semejantes, no de sus cuatro extremidades ni de su tronco, sólo de su cara. Pero, antes de profundizar debo decir que no tenemos una sola cara: a través del tiempo va cambiando, para mejor o peor. Si es para peor se hace cada vez más cara, es un alto precio (des-precio) que hay que pagar al portarla. Si es para mejor, nuestra cara se va haciendo cada vez más cara hasta llegar a ser máscara.

Aquellos que sienten ser y estar en su cara son animales, especies de insectos que decido llamar “egópteros”. Los que viven debajo o más allá de su cara, son seres que han desarrollado su alma. En el Islam, los pintores representan al profeta Mahoma con un velo, no tiene o no muestra un rostro. El personaje más popular de la cultura mexicana, es un luchador enmascarado, “Blue Demon”. Nunca se quitó la máscara, se casó con ella, con ella murió, con ella lo enterraron. Su hijo, también enmascarado para siempre, unió su máscara a la del cadáver paterno dándole un beso en la fría frente... ¿Cual es el rostro de Jesucristo? ¿Y el de don Juan, maestro del escritor Castaneda? ¿Y por qué este último nunca quiso dejarse fotografiar ni mostrarse ante la prensa y sus lectores? La caravana del éxito místico es mostrarse sin cara vana.

Uno de los koans esenciales del budismo Zen es “¿Cuál era tu rostro antes de que nacieras?”. Cuando mi maestro Ejo Takata me planteó esta inquietante adivinanza, la esquivé respondiendo: “No lo sé, en ese entonces no tenía un espejo”... Sin embargo, hay un momento en que se cae de la cara a la calavera, que es una carabela que nos lleva a la vacuidad... Así es: los rostros humanos son las múltiples superficies de Dios. La energía oscura, el alma universal, no puede tener cara propia sino ajena, desinteresándose de la máscara, islote de piel y carne donde vive ese Robinson Crusoe que es el ego. Cada faz, (más bien antifaz), cuando el que la porta es un personaje y no una persona, dice: “Yo soy esto, sólo esto y por mis muecas, arrugas, peinados, barbas y bigotes (también operaciones de cirugía estética) me juzgareis”. Habitan en esos antifaces sin darse cuenta que son cárceles.

El alma del sabio no se expresa con la cara, la atraviesa: no tiene edad, ni raza, ni nacionalidad, ni definición sexual o social. El curandero no actúa en nombre de él sino en el de alguna deidad que es metáfora de ese 99% desconocido. Los que se identifican a su rostro, lo sienten como un caballo desbocado: avanza delatando sus límites culturales, sus vicios, sus edades, sus angustias, sus ignorancias. Cada rostro es semejante a un río. Por más que a punta de operaciones, cremas, botox, expresiones falsas, adornos, se quiera detener su inexorable corriente, se va resecando, marchitando, deformando. Cuando se les fotografía, se les detiene. Por fin se hace evidente la máscara. Viendo esas fotografías, unas al lado de las otras, especie de colmena inútil, podemos escarbarlas hasta encontrar bajo sus ilusiones y hediondeces, al Dios interior. Ahí está como una Descomunal Tarántula mirando su Obra por esa colección de pares de ojos, ojos que sólo saben mirar lo que llaman “afuera” sin saber volcarse hacia los abismos íntimos, el reino encantado donde mora la eternidad. Mortales que llevan la inmortalidad dentro. Al no saberlo, sufren. Máscaras que sufren de ser lo que son, de mostrar el fracaso, el miedo a desaparecer; que imitan estar satisfechas, que exhiben con orgullo su corrupción, que acusan, que se adornan, que se dan el tinte de su época, que desean seducir... Rostros sin Dios, telones de teatro, cáscaras insustanciales, áreas donde la superficie está en todas partes y el centro en ninguna...

Pero detrás de este carnaval, la energía oscura se divierte. Esto es un juego; esto es arte; arte que aún sin conciencia es sagrado; porque toda creación humana es sagrada; sí, incluso son sagradas las espadas forjadas para los asesinos a sueldo llamados samurais...

Llamaré, me lo permito, “cara” a todo objeto exhibido en un museo, sea foto, cuadro, video, escultura, tapiz... Estos objetos, si sólo son adornos construidos para triunfar socialmente, entran en la categoría de máscaras no iniciadas. Pero si a través de ellos surge la luz del impensable que llamamos Dios, merecen ser consideradas caras santas al servicio de la salud del mundo.

Habiendo dicho todo esto, los saludo sacándome en vez del sombrero la cara. Y así, 99% oscuro, cuervo, me voy (como dijo el poeta César Vallejo) a fecundar mi cuerva. (Luminoso 1%).

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Alejandro Jodorowsky, en “La filosofía de la cara”
Texto tomado de: Plano Sin Fin
Imagen: Manny Jaef

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