domingo, 25 de octubre de 2015

Alejandro Jodorowsky: «Un Superhéroe Es Algo Muy Idiota»


Pelo y barba canos contrastan con su vestimenta, negra de arriba a abajo. También resalta una brecha en la frente, de las que dejan marca un tiempo. «Cuatro puntos me quitaron ayer», dice. ¿Culpable? La caída desde una grúa mientras rodaba «Poesía sin fin». Poco parece después de escuchar sus explicaciones. «Casi me rompo el brazo. Te puedes morir en cualquier momento».

–Una de sus diez razones para ser feliz es «buscar una noticia buena todos los días». ¿Hoy?

Que estoy en Madrid, porque todos hablan español. Todos quieren hacer las películas en inglés y yo insisto en el español.

–Aquí tenemos el defecto de traducir casi todo.

Eso es una catástrofe. La voz es como un brazo, no puedes quitarla, forma parte del organismo.

–Se va la esencia.

Es como que un ayudante pinte un cuadro del pintor.

–«El genio crea y los buenos pintores copian», dicen.

Yo conocí a Dalí y sé que tenía a un viejito viviendo en un rincón de Cadaqués que le pintaba los cielos y ya en los 60 mi amigo Arrabal dictaba sus cuadros.

–Otro de sus secretos de la felicidad: «cumplir sueños infantiles».

En «La danza de la realidad» contaba mi historia de niño, todo lo que sufrí con mi padre, y ahora en «Poesía sin fin», mi personaje le pega, le da una patadura. Soy feliz, lo realicé, le patea y luego lo perdona.

–¿Qué le había hecho?

Me aplastó, es un niño en competencia con su hijo. Fue una lucha feroz desde que nací por ser yo. Padre y madre hay sólo unos, pero los hay buenos y malos.

–E hijos buenos y malos.

Pero aprendí a ser padre. A no hacer nada de lo que vi. Fue una buena escuela, por eso le perdoné. Perdonar es comprender, no es justificar, es poner el daño en su sitio, reconocerlo y dar lo que la persona se merece.

–En «La danza de la realidad» se dio cuenta de que ya no veía las cosas como de pequeño. ¿Le sigue ocurriendo?

Sí, ahora pienso en las teorías espiritualistas de la reencarnación. En tres años voy a tener 90 y mira el monstruo que soy, ¡un vejestorio!

–Lo bueno es cumplir.

Pero no quiero reencarnarme en algo de 90 años. Creo en la resurrección, en esta vida habré muerto unas 200 veces. Uno muere, renace y se expande con lo mejor que tiene y ahí vas avanzando. Pero no somos libres, se nos interpone la educación, la familia, la sociedad... La cultura te abre la jaula.

–Y ahí entramos en los múltiples cuentos de cada vida.

Uno que abre la mente a todo. Hay una carta del tarot, el Loco, que dice «todos los caminos son mi camino», y en este libro dije «todos los estilos son mis estilos». ¿Por qué estar preso? El escritor normal se queda encerrado en un género, en una jaula. Ahora mi maestro es mi teléfono, es ese rectángulo, sirve para filmar, fotografiar, escuchar música, comunicar, incluso vibra y puede servir para masturbarte. Siempre hemos imitado la realidad, y por esto debemos ser múltiples.

–Vayamos con «Poesía sin fin». ¿Cómo va el proyecto?

Muy bien, aunque haya sido una odisea. Tengo heridas en los brazos, en la frente en la rodilla... Filmar en Chile porque el cine está colonizado y podrido por EE UU. Ellos tienen las salas, la publicidad, las inversiones... Ya no es arte, es industria. Hablar de cine es hablar de cuánto inviertes y cuánto ganas. Un artista no trabaja por dinero, sino para realizarse.

–Y de ahí que se metiera en el «crowdfunding».

¡Y lo logré! La gente me regaló un millón de dólares, ¡la gente! Con eso hice una enorme película: tengo una escena con hasta 4.000 personas que vinieron a un circo gratis, porque les interesa, sin más. Pero sin superhéroes, que es algo muy idiota. La belleza es ser humano, no correr más rápido.

–No estaría mal volar.

Superman no tiene ni sexo porque se lo borran para no espantar a los niños. Eso lleva a un cine idiota.

–¿Como el bonsái que aparece en «La vida es un cuento» (Siruela)?

Me sirvió mucho. Me regalaron uno que debía podar de tiempo en tiempo para que no creciera, hasta que lo dejamos crecer y se volvió algo maravilloso, con sus frutos y de alto hasta el techo. El ser humano me parece igual, nos echan al mundo como bonsáis, con límites emocionales, sexuales, creativos...

–Hable de esos cuentos que «le salvaron la vida».

Nací en un barrio chiquitito en Tocopilla. Éramos blancos, distintos. Me discriminaron y no podía jugar con nadie. Entonces iba a la biblioteca hasta que me la leí entera. Con cinco años ya conocía las versiones infantiles de «El Quijote» y la «Ilíada». Vivía en un mundo de cuentos que me permitía desarrollar la imaginación cuando fui a la universidad se me presentaron dos caminos: el de la inteligencia o el de la imaginación, el racional o el intuitivo. El hombre racional vive en un mapa, no en la realidad; el intuitivo lo hace.

–Eterno debate educativo.

Hay que cambiar las escuelas porque sólo desarrollan el lenguaje, y no la emoción ni creatividad.

–¿Qué le queda por hacer?

Todo. Me falta llegar a la verdadera belleza, que no es encontrar aplausos, es lograr un arte que enseñe a los otros lo bellos que son. Y llegar al dios interior, que lo conoceré el día que me muera.

–Más vale tarde que nunca.

La muerte es el mayor acto de consciencia y ahí te encuentras.

–Pues que quede mucho.

No, ya no me importa.

–Si todavía le quedan cosas por hacer.

Viviría feliz hasta los 120, pero llega un punto en el que tienes que empezar a pensar que dejas la vida.

–¿Qué espera?

Nada, ya veré.

–Al principio decía que no quería reencarnarse en algo de 90 años.

Bueno, pero para qué, si no sirve de nada. Lo que espero es despertarme.

–Ya busca algo.

¡Qué maravilla despertarme! Mi gran deseo es conocer el universo, ver qué diablos es esta cosa en la que estamos.

–Cómprese un telescopio.

Quiero más: conocer millones y millones de años.

Fuente: La Razón 
Imagen: Sofia Sanchez & Mauro Mongiello

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